w@kefield ediciones – colección libros de autor

porque leer es un arte…

retablo impío

Posted on | julio 2, 2011 | No Comments


josé maría menéndez

(rústica, 15×21 cm., 98 páginas, papel ahuesado, cubierta a color, cuché plastificado brillo)

página del autor: www.jotamml.com

«Alejandría se conmovió: el amor de una puta es tierra sagrada. La absolvieron, o la condenaron al destierro. Egipciaca no esperaba menos: cumpliendo la sentencia, se encamina hacia el puerto, se ofrece a los marineros, suplica un lugar en cualquier barcaza. Un viejo capitán la reconoce y la acepta: trama cobrarse el pasaje en el lecho. Parten de madrugada. Por tres noches, ella satisface la deuda; a la cuarta, considera el negocio resuelto y se niega. Contrariado, el capitán se venga: la arroja a la cala: confía en doblegarla. Mediada la travesía, un joven grumete que se encarga de llevarle alimento entrevé sus formas de estatua, las codicia, se apasiona. Ella propicia el desorden; él se compadece y la libera. Es el caos: Egipciaca lo toma allí mismo, lo monta, lo agota sin tregua; acto continuo gana la cubierta, ofrece sus pechos erguidos y persuade a siete: de inmediato, el capitán es arrojado por la borda: instantes después, sobre el puente, en mal equilibrio y a la luna, la orgía se celebra. Aquello supera la palabra: incursos en la vorágine, los hombres descuidan el timón, extravían el rumbo. Tales son los embates, tales las hechuras, hay tanta pasión y vehemencia que la barcaza casi zozobra. Egipciaca busca la muerte, el olvido; sus amantes la abrazan, se extinguen contra su piel encendida; entre uno y otro, ella danza desnuda. Inesperada, se desata una tormenta: los cuerpos no reaccionan, yacen exhaustos, sin fuerzas. Junto al castillo de popa se verifica la última cópula: un robusto abisinio la toma a horcajadas contra la batayola; inmisericorde, entre sus muslos, Egipciaca lo extenúa dos veces; soberbio, a la tercera, él quiere acabarla bebiendo su vientre; arrebatada, ella lo vacía con su boca. Vencido por los espasmos, el abisinio vierte en sus labios, rueda sobre la cubierta. Eufórica, Egipciaca se yergue, alza los brazos, desafía. Se ciegan entonces los cielos: olas inmensas baten las amuras; un rayo alcanza la verga, el palo mayor se quiebra; escollos sumergidos seccionan la quilla: herida de muerte, amortajada en velas, la barcaza naufraga; los hombres se ahogan, también Egipciaca. Pero el destino ha previsto otro desenlace para la escena: apenas consciente, Egipciaca sobrevive a la noche abrazada a una tabla. Horas después recobra el sentido: hay luz, oye voces, una playa de arena. Una sombra se inclina y le ofrece agua. Nuevamente se desvanece. Despierta más tarde, tendida sobre una estera de paja. Está entre pescadores, está en tierra santa.»

 

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