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porque leer es un arte…

Sofía Tólstoi, Diarios

Posted on | marzo 14, 2011 | No Comments

La mente humana se asemeja al delirio religioso. Los sentidos la manipulan hasta hacerla concebir un entorno amable, pero irreal. La voluntad y la memoria también profesan ese oscuro rito de imposturas. Saben que el tiempo quiebra nuestra resistencia al dolor. Por eso nada nos es mostrado en su forma real, ningún recuerdo se nos revela sin ser atenuado, mentido, mutilado.

Hemos leído con curiosidad perversa los diarios de Sofía Tolstoi, los relativos a su matrimonio con el autor de Guerra y Paz. El texto, muy extenso, arranca a partir de la boda, fija cinco décadas de vida en común, trasciende la muerte de su esposo en 1910 y concluye a dos semanas de su propia extinción, apenas una década después.

Sofía no es escritora, no tiene nada que decir. No la distinguen ni un bello estilo ni una mirada remota. Tampoco lo pretende. Es sólo una mujer que se lamenta por escrito, con cierta elegancia y gran regularidad. Un empeño así rara vez persigue otro designio que el desahogo personal. Este, sin embargo, se revela magnífico, y nos atreveríamos a decir que lo consigue incluso a su pesar.

La literatura concierne al goce privado, intensamente egoísta, diverso para cada lector. Cuatro episodios de enorme placer nos ha deparado el libro; todos ellos relacionados entre sí, y acaso prescindibles para cualquier otro en nuestro lugar. Es justamente ese placer quien nos aconseja reseñarlos, y quizá también desmentirlos.

«Me fastidia que sólo le interese el lado más sombrío de todo», escribe Sofía sobre su marido, a los dieciocho años, durante el primero de su relación. Nunca renunciará a ese dictamen, y nos sorprende. La belleza de una obra narrativa suele darse como consecuencia de la capacidad del autor para maniobrar entre la miseria de sus semejantes. No hay nada artístico en la felicidad. Es un tema notoriamente superficial. Ser feliz es tanto como ser idiota. Prueba de ello ofrecen las supersticiones religiosas, rebaños de fieles cuya recompensa mayor se fija en un perenne estado de estupidez contemplativa, lejos del deseo y de la pasión que nos mueve a satisfacerlo.

Afearle a un escritor su inclinación por lo peor de la naturaleza humana se nos figura tan absurdo como afearle a un médico su estudio minucioso de la enfermedad, de sus causas y de su tratamiento. Los cimientos del arte, como los de la medicina, son los deshechos del hombre. El verdadero artista es también un ladrón de cadáveres. La arcadia intelectual contiene el infierno de la inteligencia. Quienes la invocan como un territorio deseable adonde acudir y establecerse se revelan tan ingenuos como los que, tras agotar el placer del sexo, lamentan su fugacidad. Ignoran que es ahí, en esa condición efímera, casi atisbo, donde radica su pulso vital.

«El genio necesita que alguien cree para él un hogar confortable, apacible y alegre. Al genio hay que alimentarlo, lavarlo y vestirlo; el genio necesita que alguien pase a limpio sus obras…» La cita anuncia la primavera de 1902. El texto se demora varias páginas reprochando al genio su egoísmo, su indiferencia hacia todo lo que no puede racionalizar; y sobre todo, reprochándole su rostro más vulgar. Es legítimo: Sofía no puede olvidar una sentencia de hace diez años, leída furtivamente en el diario de su marido: «El amor no existe, tan sólo la necesidad carnal de comunicación junto con la necesidad razonable de una compañera para la vida».

Sofía quizá tenga derecho, pero no tiene razón. Cuando un hombre pierde el deseo, el miedo y la fantasía, queda un animal. Un genio, en cambio, atesora siempre cierta luz inagotable. La idea de un genio sin flaquezas humanas es la idea de un dios. Pero los dioses desprecian a los hombres. En ese caso, Sofía no habría conocido a aquel cuyas debilidades aborrece por su exceso de humanidad. Tal vez no sabe lo que quiere, ni lo que tiene: en el mundo real, el genio al que admira la abruma y el hombre con el que se comparte la irrita; pero en la Grecia mitificada, el dios del que se considera digna se habría limitado a infamarla en un lodazal.

«Lev es sobre todo un escritor y un ideólogo; pero, en realidad, en su vida ordinaria, es un hombre débil, mucho más que nosotros, los simples mortales.» Sofía retomará así, tenazmente, su interminable ajuste de cuentas. La insistencia empieza a aburrir, y no podemos menos de temer algún tipo de inestabilidad proyectada hacia el exterior. Muy pronto, unas pocas líneas vendrán a refrendar esa suposición: «En general, no me gustan los hombres: siempre me han resultado ajenos y desagradables desde el punto de vista físico, y necesito mucho tiempo para, apreciando su espíritu y su talento, llegar a quererlos y acabar enamorándome de ellos».

Seríamos injustos si no reconociésemos que Sofía incorpora en su diario tantas quejas como pruebas de amor. Se tiene, sin embargo, la sensación de que, mientras las primeras obedecen a arrebatos auténticos de sinceridad, las segundas se plasman por conveniencia social, por vanidad. Sofía parece imponerse ese amor, lo necesita porque de ese modo se siente en pie de semejanza con su marido, en quien sin duda reconoce todos los signos de un talento extraordinario. No hacerlo la devolvería a la mediocridad, digna compañera del músico feminoide con quien tan buenos ratos confiesa pasar. Sofía amó a su esposo como un niño a sus deberes.

Lev Tolstói moriría con 82 años, en una estación de tren. Diez días antes había huido de su casa dejando una nota. Tras leerla, Sofía intentó suicidarse. A partir de ese momento y hasta su propia muerte, el diario es un mero registro de remordimientos, gestiones administrativas y desolación. «De pronto, todo carece de sentido: no hay un centro espiritual de vida abstracta en la casa», se lamenta; y uno la imagina así, abrazada a esa ausencia, perdida en el medio de una vasta estancia donde las palabras del genio jamás volverán a resonar.

Sofía Andréievna Tolstaia murió en 1919. Redactó una breve carta para ser leída tras su muerte, veinte líneas donde por primera vez no aparece un solo reproche y sí, en seis ocasiones, la palabra perdón.

 

© 2011, jotamml


 

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